“El Barco” es una dinámica grupal utilizada dentro del entrenamiento TT. El ejercicio se presenta como una metáfora de supervivencia colectiva, donde los participantes deben tomar decisiones simbólicas sobre quién vive y quién muere utilizando recursos limitados representados por cerillos.
La actividad se realiza con todos los participantes formando un círculo.
Al inicio del ejercicio, se reparten cerillos entre los participantes. Normalmente cada persona recibe dos o tres cerillos, dependiendo del tamaño del grupo.
Las reglas principales son:
solo puedes usar los cerillos que recibiste al inicio,
no puedes regalar cerillos que te hayan dado después,
puedes entregar todos tus cerillos o quedarte con uno,
no puedes quedarte con más de un cerillo,
solo puedes dar un cerillo por persona o no darle ninguno.
Los cerillos representan simbólicamente la posibilidad de “vivir”.
Una persona se levanta y camina alrededor del círculo, deteniéndose frente a cada participante.
Debe decir el nombre de la persona. Si no lo recuerda, tiene que decir:
“No te quiero lo suficiente para acordarme de tu nombre.”
Si el nombre es incorrecto, la persona en el círculo responde:
“Ese no es mi nombre.”
Después de nombrar a la persona, quien camina decide:
darle un cerillo y decir “vive”, o
decir “muere” y continuar.
Cuando alguien recibe un cerillo, debe gritar su nombre seguido de la palabra “vive”, por ejemplo:
“Raúl vive, Raúl vive.”
Durante el recorrido, los asistentes del entrenador (llamados seniors) intervienen gritando comentarios destinados a provocar reacciones emocionales en quien está tomando decisiones.
Los comentarios pueden cuestionar sus elecciones, su vida personal o sus relaciones con otras personas del grupo.
La confrontación forma parte del ejercicio y ocurre frente a todos los participantes.
Al terminar la vuelta, la persona debe decidir sobre sí misma.
Si guardó un cerillo, debe gritar su nombre seguido de “vive”.
Si no guardó ninguno, debe gritar su nombre seguido de “muere”.
Independientemente de la decisión, los seniors responden con comentarios críticos o confrontativos.
Luego, otra persona repite el mismo proceso hasta que todos hayan participado.
Al finalizar la ronda, se cuentan los cerillos.
Las personas que no recibieron ninguno pasan al frente y se recuestan en el suelo. En ese momento, el ambiente del salón cambia: se baja la temperatura y se reproduce música relacionada con un naufragio, reforzando la metáfora del ejercicio.
Después se identifican quienes tienen más cerillos, representando simbólicamente a las personas que el grupo decidió “salvar”. A esa persona se le asigna el papel de subir al “bote salvavidas”.
Como parte final del ejercicio, se invita a los participantes a decir un mensaje a un ser querido, uno por uno, usando el micrófono. La persona en el “bote salvavidas” escucha estos mensajes como si fuera quien los llevara a la orilla.
Después, los participantes vuelven a recostarse en el centro del salón con los ojos cerrados, mientras el frío y el silencio forman parte de la experiencia simbólica.
Dentro de la comunidad del entrenamiento, el cerillo puede convertirse en un símbolo de reconocimiento o afecto. Algunas personas continúan regalando cerillos entre sí como una forma de expresar vínculo o apoyo.