Cuando un “entrenamiento” te expone frente a otros, te grita, te ridiculiza o usa tu historia personal como espectáculo, no te está “fortaleciendo”: te está volviendo más vulnerable y más fácil de controlar.
La vergüenza pública rompe límites, baja defensas y empuja a la gente a obedecer para evitar más castigo. La vulnerabilidad debería ser cuidada con respeto y consentimiento, no explotada para manipular. Si sales sintiéndote confundido, avergonzado o “culpable por dudar”, eso es una señal de alerta.